Cristina Kirchner obtuvo casi el 54% de los votos en las elecciones presidenciales, lo cual significa un importante fortalecimiento de su gobierno, ya que ganó en todas las provincias menos San Luis, va a controlar ambas cámaras del Congreso y la mayoría de las intendencias del Gran Buenos Aires.
La cantidad de votos refleja no solo el apoyo de una amplia franja de la clase trabajadora y de las provincias más pobres del norte argentino, donde obtuvo porcentajes de hasta el 80%, sino que recuperó gran parte del voto de la clase media urbana y de las clases altas, obteniendo el apoyo de sectores del campo que habían roto con el gobierno en el conflicto de la 125.
La mayoría de los sectores populares que votaron por Cristina, lo hicieron con la convicción de que apoyan a un gobierno progresista que ha conseguido, aunque sea parcialmente, algunas de sus reivindicaciones.
Los Kirchner llegaron al poder como consecuencia del “argentinazo”, una verdadera revolución que terminó con el gobierno de la Alianza, continuador del menemismo de los noventa. Montados sobre este enorme ascenso obrero y popular, que continuó durante toda la década, los K se presentaron como los autores de las conquistas que se obtuvieron presentándolas como triunfos propios.
Fue así como se adueñaron de la anulación de las leyes de impunidad, conquista de la lucha democrática, iniciativa de Patricia Walsh en el Congreso, convirtiéndose en abanderados de la causa de derechos humanos de los 70. Contra el radicalismo, se presentaron como los garantes para impedir un descontrol hiperinflacionario como el de los 80. Contra el neoliberalismo de los 90, se apropiaron - parcialmente y a su conveniencia - de consignas como la nacionalización de Aerolíneas y de las AFJP, y de la lucha contra los grandes medios como Clarín, aunque jamás se plantearon renacionalizar YPF o los ferrocarriles. Contra el endeudamiento, se presentaron como los que habían sacado al FMI de la Argentina ¡eso sí, pagándole al contado! Y contra el caos del 2001, se presentaron como un gobierno garantista que buscaba mayor institucionalidad.
Esto se acompañó de una situación económica muy favorable, gracias a la devaluación y a la bonanza de los precios de la soja, que permitió al gobierno paliar y calmar el desesperado reclamo de los sectores más excluidos de la sociedad, sosteniendo los subsidios al transporte y la energía, y repartiendo planes sociales y asistencia.
Para reforzar este discurso ideológico, construyeron una nueva historia oficial, que empezó a exponerse desde los textos escolares hasta los medios de prensa, que controlan cada vez más, cooptando a una gran franja de intelectuales, artistas y ex dirigentes de izquierda, que se hicieron eco de esta apropiación de las luchas y conquistas populares.

















