
El más impensado resultado de la primavera árabe ha sido su extensión a Israel, que ha visto las mayores movilizaciones de su historia. Cerca de 400.000 personas se han manifestado en contra del gobierno de Bibi Netanyahu, no por alguna guerra, sino por el alto costo de vida, en particular de los alquileres.
Las manifestaciones empezaron a mediados de julio, cuando algunos jóvenes colocaron carpas en el bulevar Rothschild de Tel Aviv contra el precio de los alquileres. La “tentifada” (combinación de Tent, que en ingles significa carpa, con intifada, el nombre dado a las grandes revueltas palestinas), fue creciendo y ampliando sus demandas, exigiendo un sistema fiscal más equitativo, y contra la inflación.
Lo importante de las manifestaciones es la solidaridad entre árabes e israelíes. En Haifa, un árabe israelí dijo: “Hoy estamos cambiando las reglas del juego. Lo que está sucediendo es la verdadera coexistencia, cuando los árabes y los judíos marchan juntos hombre con hombre exigiendo justicia social y paz”.
Al mismo tiempo, Israel está cada vez más aislado: su embajador ha sido expulsado de Turquía, un aliado clave, tras la negativa del gobierno de Bibi Netanyahu a pedir disculpas por el ataque a la flotilla de la solidaridad en el cual murieron nueve ciudadanos turcos, y ahora, por la salida de todos los diplomáticos israelíes de Egipto, tras la toma de la Embajada por una multitudinaria manifestación.
“El tsunami ha comenzado”, tituló el diario Maariv de Israel, diciendo: “Las relaciones entre Israel y Turquia no pueden ser peores. Ahora Egipto, nuestro único aliado importante en la región, está tambaleando y colapsando ante las masas”.
Netanyahu entendió el mensaje con claridad: “La paz está siendo amenazada y los que la amenazan cuestionan no solo la política, sino también al estado de Israel”, dijo.
Esto sucede cuando los palestinos están ganando cada vez más apoyo para que la próxima Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre reconozca a Palestina como un estado.
El turno de Assad
En Siria, el presidente Bashir Assad tiene el récord de salvajismo, con más de 2200 muertos como producto de la represión a las protestas populares que se iniciaron en marzo, pero está cada vez más debilitado.
Damasco forma, con Bagdad y El Cairo, el trípode donde se define la política del mundo árabe. Es, junto con Egipto, el vecino clave de Israel, el interlocutor válido de los países árabes con Irán, el apoyo de el partido chiíta del Líbano, y sirvió de refugio a los principales dirigentes palestinos durante décadas.
La caída de Bashir Assad provocará un efecto parecido a la caída de Mubarak.
La brutal respuesta de Assad ya ha provocado deserciones entre los militares de conscripción y dentro del régimen. Las divisiones ya son visibles. El fiscal general de la provincial de Hama renunció para protestar contra los asesinatos masivos y las acusaciones de tortura. El presidente iraní Mahmud Ahmadinejad dijo que Damasco debe buscar una salida negociada. Hassan Nasrallah, el líder del poderoso partido chiita libanés Hezbolá, quiere que se apresuren las reformas para aplacar las protestas.
Mientras tanto, en Yemen, cientos de miles de opositores se manifestaron el domingo 4 de septiembre en Saná, la capital, para pedir la salida del poder del presidente Ali Abdalá Saleh, ausente del país desde hace cuatro meses, quien se recupera en Arabia Saudita de las heridas causadas por un atentado el pasado 3 de junio.

















